Amar a alguien no significa elegirlo para criar hijos

A veces, cuando una relación termina o no puede avanzar, nos quedamos mirando la razón más evidente. En mi caso, la conversación sobre tener hijos puede hacer que parezca que todo se reduce a la fertilidad: una persona quiere hijos biológicos y la otra no puede ofrecérselos.

Pero querer hijos no es solo querer que existan. También es preguntarse con quién quieres compartir la vida cotidiana de criarlos.

¿Esa persona asumiría su parte de las noches sin dormir, las citas médicas, las tareas de la casa y las decisiones difíciles? ¿Podríamos repartir el trabajo de una manera que ambas personas sintieran justa? ¿Tenemos una idea parecida de lo que significa ser responsables de una criatura, incluso cuando estamos cansados o preferiríamos hacer otra cosa?

En mi caso, además, la respuesta no es simplemente que no quiera criar. Yo estaría abierta a acompañar a mi pareja en la crianza de un hijo que tuviera con otra mujer, si ella también quisiera y pudiéramos hablar con claridad sobre el lugar de cada quien. Una vez se lo ofrecí a uno de mis vínculos. Le sorprendió, en el buen sentido. Él todavía no tiene otra pareja ni un hijo, pero sabe que esa posibilidad no me resulta ajena.

Para mí, esa disposición no significa que todas las personas tengan que formar una familia juntas ni que yo espere ocupar un lugar que la madre no quiera compartir. Significa que puedo imaginar una forma de familia distinta, siempre con el consentimiento y la comodidad de quienes estarían criando. La apertura, por sí sola, no resuelve la compatibilidad: hacen falta acuerdos, responsabilidad y ganas reales de participar.

No se trata de encontrar a alguien perfecto. Se trata de poder confiar en que no vas a cargar tú sola con una responsabilidad que se supone que es de ambos.

A veces me sorprendo pensando: “Aunque yo pudiera tener hijos, no sé si elegiría tenerlos con esta persona”. Al principio, ese pensamiento puede parecer una respuesta defensiva a sentir que alguien no me elige por algo que no puedo cambiar. Y quizá haya un poco de eso. Pero también puede revelar una pregunta más profunda: ¿yo elegiría a esta persona para construir la vida familiar que deseo?

La diferencia se nota cuando dejamos de intentar ganar una discusión y miramos con honestidad lo que necesitamos. No hace falta convertir a la otra persona en alguien malo, ni enumerar cada una de sus fallas. Basta con reconocer que quererla como pareja, amante o amiga no significa que confíes en ella como compañera de crianza.

Y también puede ocurrir al revés: alguien puede quererte mucho y, aun así, tener un deseo de hijos que no coincide con tu vida o tus posibilidades. Eso duele, pero no vuelve menos legítimos los criterios de ninguna de las dos personas.

La pregunta no es solo “¿podría tener hijos con esta persona?”. También es: “¿quiero compartir con ella el trabajo, las decisiones y la responsabilidad de criarlos?”. Y, si imagino una familia con más de dos personas, también debo preguntarme si todas quieren esa estructura y si podemos acordar cómo cuidarnos y criar en conjunto. Responder con honestidad puede doler, pero ayuda a distinguir el amor de la compatibilidad y a reconocer qué formas de familia sí podemos construir.

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