El compromiso sin exclusividad
Una de las ideas más repetidas sobre las relaciones no monógamas es que quienes las elegimos tenemos miedo al compromiso o queremos disfrutar de los beneficios de una relación sin asumir responsabilidades.
Sin embargo, el compromiso sí existe en la no monogamia ética. Lo que cambia es la manera de entenderlo.
En una relación monógama, el compromiso suele asociarse con la exclusividad sexual y romántica: elegir a una sola persona y renunciar a relacionarse de esa manera con las demás.
En las relaciones no monógamas, el compromiso no consiste necesariamente en ser fiel a una sola persona, sino en ser fiel a los acuerdos construidos entre todas las personas involucradas.
Eso puede incluir honestidad, comunicación, cuidado sexual, manejo responsable del tiempo, respeto por los límites, cumplimiento de promesas, transparencia sobre otras relaciones y disposición para tener conversaciones incómodas cuando algo cambia.
Tener libertad para relacionarse con otras personas no significa tener libertad para actuar sin considerar las consecuencias.
De hecho, sostener varias relaciones de manera ética puede exigir un nivel muy alto de responsabilidad emocional. No basta con decir: “Yo soy libre y puedo hacer lo que quiera”. La libertad sin responsabilidad no es no monogamia ética; es individualismo disfrazado de apertura.
El compromiso también puede tener diferentes niveles.
No todas las relaciones tienen que convertirse en convivencia, matrimonio, integración familiar o proyectos financieros compartidos para ser importantes. Una persona puede comprometerse a construir una vida con alguien y, al mismo tiempo, sostener otra relación basada en la compañía, el afecto, la sexualidad, la amistad o determinados espacios compartidos.
Ambas pueden ser significativas, aunque no tengan la misma estructura.
El problema aparece cuando medimos la profundidad de todas las relaciones con los parámetros de la pareja tradicional. Si una relación no busca matrimonio, convivencia o exclusividad, muchas personas asumen que es superficial, temporal o menos valiosa.
Pero la profundidad no se mide únicamente por cuántas responsabilidades domésticas se comparten, por la cantidad de años juntos o por si existe una promesa de exclusividad.
Una relación puede ser profunda porque existe confianza, vulnerabilidad, cuidado, conocimiento mutuo, presencia emocional y una verdadera influencia en la vida del otro.
También es importante entender que los niveles de compromiso pueden cambiar con el tiempo.
Una relación que comenzó como algo casual puede adquirir mayor intimidad. Otra que ocupaba un lugar central puede transformarse debido a una mudanza, una enfermedad, la llegada de hijos, cambios laborales o nuevas necesidades emocionales. Una relación puede perder frecuencia sin perder importancia, o cambiar de forma sin que eso signifique que fracasó.
El compromiso no siempre consiste en conservar una relación exactamente como comenzó. A veces consiste en tener la madurez de renegociarla.
Los acuerdos no deberían convertirse en contratos rígidos que ignoren la evolución de las personas. Deben revisarse cuando las circunstancias cambian, pero no modificarse unilateralmente ni presentarse como hechos consumados.
Decir “mis necesidades cambiaron” es válido.
Decir “mis necesidades cambiaron, así que ahora tienes que aceptar lo que decidí” no es negociación.
En la no monogamia ética, el compromiso implica reconocer que nuestras decisiones pueden afectar a varias personas. Significa no prometer más de lo que podemos ofrecer, no utilizar la ambigüedad para evitar responsabilidades y no esperar que los demás toleren cualquier cosa en nombre de la libertad.
Una persona puede tener varias relaciones y comprometerse profundamente con cada una de maneras diferentes. También puede tener una sola pareja y evitar toda intimidad, responsabilidad o crecimiento emocional.
La exclusividad, por sí sola, no demuestra compromiso.
Solo demuestra exclusividad.
El verdadero compromiso se observa en la coherencia entre lo que una persona dice, lo que acuerda y lo que finalmente hace. Se encuentra en la capacidad de cuidar los vínculos sin poseer a quienes participan en ellos.
Las relaciones no monógamas no tienen necesariamente menos amor, menos profundidad ni menos seriedad que las relaciones tradicionales. Simplemente pueden organizar el amor, la intimidad y la responsabilidad de una forma diferente.
El compromiso no desaparece cuando dejamos de prometer exclusividad.
Se vuelve más consciente cuando dejamos de asumirlo y empezamos a definirlo.