¿Y si no sentir celos no significa que amas menos, sino que simplemente amas de otra manera?
Durante mucho tiempo sentí que tenía que fingir celos. No porque los sintiera y quisiera ocultarlos, sino precisamente porque no me nacían.
Parecía que había una expectativa en las relaciones: si alguien te importa, debes sentir cierta incomodidad cuando otra persona le presta atención. Si no reaccionas, si no preguntas, si no muestras preocupación, entonces algo anda mal. Quizás no estás suficientemente enamorada. Quizás no te importa tanto.
Y yo, que no experimentaba los celos de manera natural, llegué a sentir que tenía que representarlos para que mi pareja no confundiera mi tranquilidad con indiferencia.
Qué absurdo resulta tener que fingir una emoción para demostrar otra.
No sentir celos no me hace superior a nadie
Quiero dejar algo muy claro: no sentir celos no me convierte en una persona más evolucionada, emocionalmente más inteligente ni mejor preparada para practicar la no monogamia ética.
Hay personas maravillosas, seguras de sí mismas y emocionalmente maduras que experimentan celos. Es una emoción humana, y sentirla no representa un fracaso personal.
En mi caso, simplemente no es una emoción que aparezca de manera espontánea en mis relaciones.
Creo que parte de mi experiencia tiene que ver con la confianza que tengo en mí misma y con el valor que me doy como persona.
No necesito ser la única persona que alguien encuentra atractiva, interesante o deseable para sentirme valiosa.
Puedo reconocer la belleza de otra mujer sin sentir que la mía disminuye. Puedo aceptar que alguien que amo sienta atracción por otra persona sin interpretar automáticamente que yo he dejado de ser suficiente.
El deseo que alguien siente por otra persona no borra necesariamente lo que siente por mí.
Y eso, para mí, es una forma muy natural de entender las relaciones.
Mi valor no depende de ser elegida por encima de alguien más
Creo que una de las trampas más comunes del amor romántico es enseñarnos que ser especiales significa ser irreemplazables.
Queremos ser la persona más hermosa, más interesante, más deseada. Queremos ocupar un lugar tan privilegiado que nadie pueda amenazarlo.
Pero yo no necesito ganar una competencia imaginaria para sentir que tengo valor.
No tengo que ser mejor que otra mujer para merecer amor. Tampoco necesito que mi pareja deje de encontrar atractivas a otras personas para sentirme deseada.
Mi autoestima no debería depender de cuántas personas dejan de existir en el radar romántico o sexual de alguien que está conmigo.
Yo sé lo que aporto a una relación. Y también sé que lo que otra persona aporta no tiene por qué quitarme nada.
Eso no significa que nunca pueda experimentar inseguridad, miedo o tristeza. Significa que no interpreto automáticamente la existencia de otras personas como una amenaza.
Pero no confundamos la ausencia de celos con la ausencia de límites
Aquí hay una diferencia importante.
Que no sienta celos no significa que acepte cualquier comportamiento.
Puedo sentirme traicionada si alguien rompe nuestros acuerdos. Puedo perder la confianza cuando alguien me miente. Puedo sentir dolor si una persona deja de tratarme con consideración, respeto o cariño.
Y puedo decidir terminar una relación si lo que recibo ya no está alineado con lo que quiero.
Pero esas experiencias no necesariamente nacen de los celos.
No me molesta que alguien pueda desear a otra persona. Lo que me importa es cómo se comporta conmigo, qué acuerdos hemos establecido y qué lugar ocupa la honestidad en nuestra relación.
No necesito controlar el deseo de nadie para exigir respeto.
¿Y qué tiene que ver esto con la no monogamia ética?
Mucho, aunque no necesariamente de la manera que algunas personas imaginan.
La no monogamia no es un refugio exclusivo para quienes no sentimos celos. Tampoco es una práctica que mágicamente elimine esa emoción.
Hay personas monógamas que rara vez sienten celos y personas poliamorosas que los experimentan intensamente.
La diferencia está en lo que hacemos con nuestras emociones.
En la no monogamia ética, los celos pueden ser una oportunidad para explorar necesidades, inseguridades, expectativas o acuerdos. Pero no tenemos que convertirlos en una demostración de amor ni utilizarlos como una herramienta de control.
Y quienes no sentimos celos tampoco deberíamos utilizar esa característica como una medalla de superioridad emocional.
Sería contradictorio hablar de libertad afectiva mientras juzgamos a otras personas por sentir algo diferente.
Hoy ya no necesito fingirlos
Con el tiempo entendí que mi manera de amar no necesita parecerse a la de otras personas para ser auténtica.
Si alguien necesita que yo sienta celos para convencerse de que lo amo, probablemente tenemos ideas diferentes sobre cómo se demuestra el amor.
Yo puedo expresar interés, deseo, compromiso, ternura y entusiasmo sin necesidad de mostrar posesividad.
Puedo hacer sentir especial a alguien sin exigirle que deje de encontrar especiales a otras personas.
Y, sobre todo, puedo querer profundamente sin vivir con el miedo constante de que alguien venga a quitarme lo que considero mío.
Porque las personas no son propiedades.
No sentir celos no me hace mejor que nadie. Sentirlos tampoco hace peor a nadie.
Lo que sí considero importante es conocerme lo suficiente para no tener que interpretar emociones que no siento, solo para cumplir con las expectativas de otra persona.
Hoy prefiero que me quieran por mi manera real de amar, no por una versión de mí que necesita fingir inseguridad para demostrar interés.
Y te dejo una pregunta:
¿Alguna vez has sentido que tu pareja esperaba una reacción de celos como prueba de que realmente te importaba?

