En el poliamor también existen preferencias tradicionales

Creo que uno de los errores que cometemos cuando hablamos de poliamor es pensar que, por salirnos de la monogamia tradicional, automáticamente desaparecen los roles, las preferencias personales o las distintas maneras de dar y recibir dentro de una relación.

Y eso simplemente no pasa.

El poliamor abre posibilidades, pero no convierte a todas las personas en seres idénticos que quieren dividir todo 50/50, relacionarse de la misma manera o tener exactamente las mismas expectativas.

Una mujer puede ser feminista, independiente, tener su propia vida y varios vínculos y aun así sentirse atraída por hombres generosos, proveedores o con una energía más tradicionalmente masculina.

Para mí eso no es necesariamente una contradicción. Es una preferencia.

Otra mujer puede sentirse mucho más cómoda dividiendo absolutamente todo por la mitad. Otra puede preferir alternar quién invita. Otra puede vivir con una pareja con quien comparte casi todos los gastos y tener otro vínculo donde cada quien paga lo suyo.

Todas esas dinámicas pueden existir dentro de la no monogamia.

El problema aparece cuando empezamos a convertir nuestras preferencias personales en reglas morales.

Por ejemplo:

“Si eres poliamorosa, todo debería dividirse por igual.”

¿Por qué?

O:

“Si una mujer tiene varios hombres, entonces no debería esperar que uno de ellos sea proveedor o generoso.”

Tampoco veo de dónde sale esa regla.

Cada relación desarrolla su propia dinámica.

Un hombre puede perfectamente disfrutar invitar a una mujer, consentirla o aportar económicamente aunque ella tenga otras relaciones. Si él lo hace porque quiere, ella lo recibe con claridad y ambos están cómodos con ese intercambio, ¿dónde está exactamente el problema?

La parte importante es otra: que la dinámica sea genuina, que esté clara y que después nadie esté acumulando resentimiento en silencio.

También creo que hay algo de lo que hablamos poco en poliamor: cuando tienes más de un vínculo, inevitablemente tienes más puntos de comparación.

Y no me refiero solamente al dinero.

Comparas cómo te sientes.

Si una persona nunca organiza nada, nunca propone nada, mide absolutamente cada gasto y te hace sentir que cualquier cosa que hace por ti representa una deuda, y otra persona llega con más iniciativa, atención y generosidad, esa diferencia se siente.

No porque estés haciendo una tabla de Excel con tus parejas.

Sino porque la experiencia emocional es diferente.

Lo mismo sucede en relaciones lesbianas, gays y queer, y precisamente ahí se ve con mucha claridad que las dinámicas dentro de una pareja no dependen exclusivamente de que haya “un hombre y una mujer”.

Hay parejas lesbianas donde una persona disfruta tomar más iniciativa o aportar más económicamente. Otras dividen todo. En algunas una persona es mucho más cuidadora emocionalmente y la otra resuelve más cosas prácticas.

Hay parejas gays con dinámicas bastante tradicionales y otras completamente fluidas.

Al final, las relaciones se organizan mucho más alrededor de personalidad, recursos, capacidades, deseos y acuerdos de lo que a veces queremos admitir.

Los roles no necesariamente desaparecen.

Muchas veces simplemente dejamos de asumirlos y empezamos a elegirlos.

Y creo que ahí está una de las partes interesantes del poliamor.

Mucha gente entra pensando que, como ya cuestionó la monogamia, también está libre de todas las demás expectativas sociales.

Hasta que empiezan a aparecer preguntas bastante terrenales:

¿Quién paga?

¿Quién organiza?

¿Quién cuida?

¿Quién pone más tiempo?

¿Quién aporta estabilidad?

¿Quién está haciendo más trabajo emocional?

¿Quién recibe más atención?

Entonces nos damos cuenta de que las relaciones siguen teniendo intercambios. La diferencia es que ahora hay más posibilidades de construirlos de manera consciente.

Y también hay algo incómodo que vale la pena mencionar.

Algunos hombres heterosexuales entran a la no monogamia imaginando que van a tener acceso a varias mujeres con muy poco esfuerzo.

Pero tener más opciones también significa que las personas pueden comparar experiencias con mucha más facilidad.

No solamente quién paga.

También quién escucha.

Quién tiene iniciativa.

Quién cumple su palabra.

Quién es sexualmente atento.

Quién aporta tranquilidad.

Quién es generoso con su tiempo.

Quién tiene inteligencia emocional.

Quién aparece cuando realmente importa.

Entonces las inconsistencias se hacen mucho más visibles.

Una persona deja de ser “la única opción” dentro de ese ecosistema afectivo.

Y eso cambia bastante las cosas.

Entonces, ¿un hombre “debe” pagar el 100%?

Para mí, esa tampoco es la pregunta correcta.

Nadie está obligado a ofrecer una dinámica que no quiere.

Pero si una mujer valora mucho la generosidad, la provisión o ciertos rasgos tradicionalmente masculinos, obviamente va a observar cómo se comporta un hombre en esas áreas.

Y ese hombre también tiene todo el derecho a decir:

“Yo no quiero relacionarme de esa manera.”

Perfecto.

Quizás simplemente no son compatibles.

Porque al final el tema no debería ser decidir cuál modelo es moralmente superior.

La pregunta mucho más útil sería:

¿Qué dinámica hace que estas dos personas se sientan valoradas, tranquilas y deseadas sin que ninguna termine sintiendo que está dando algo que realmente no quería dar?

Ahí es donde empiezan los acuerdos de verdad.

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