Porque lugar también importa. Cuando el erotismo va más allá del sexo.

Una vez alguien me preguntó por qué rechazaba algunas invitaciones a resorts o eventos del estilo de vida si, al final, “lo importante era la gente”. Mi respuesta fue sencilla: para mí, el sexo nunca ha sido solo sexo.

Muchas personas disfrutan del estilo de vida enfocándose casi exclusivamente en la atracción física o en la cantidad de oportunidades para conocer a otros. No hay nada de malo en eso; simplemente no es mi forma de vivir la sexualidad. Yo también observo el lugar: la arquitectura, la iluminación, la limpieza, la gastronomía, la atención, la música, los detalles y el ambiente. Todo eso forma parte de mi deseo. No me despierta el deseo únicamente una persona atractiva; me excita una experiencia completa.

El entorno comunica. Cuando llego a un lugar bien cuidado, con diseño, buen servicio y donde se nota una inversión importante en crear una experiencia agradable, mi cerebro empieza a hacer asociaciones. Pienso que probablemente atraerá personas que también valoran esos detalles, que disfrutan de la calidad, que invierten en sí mismas, que entienden la discreción, que cuidan su imagen y que buscan experiencias y no solo oportunidades sexuales.

¿Significa eso que siempre será así? Por supuesto que no. He conocido personas extraordinarias en lugares muy sencillos y personas profundamente superficiales en hoteles de cinco estrellas. El lujo no garantiza calidad humana. Pero tampoco podemos ignorar que los espacios funcionan como filtros. Un restaurante con código de vestimenta atraerá un público diferente al de un bar universitario. Ninguno es mejor por definición; simplemente ofrecen experiencias distintas.

Lo mismo ocurre en el estilo de vida. Mis estándares no empiezan en la habitación. A veces escucho decir: “Lo importante es la química”. Estoy de acuerdo. Pero para mí, la química empieza mucho antes de quitarse la ropa. Empieza en una conversación interesante, en una copa de vino bien servida.

En un hotel bonito, un spa, un buen perfume, una cena memorable o un espacio donde puedo relajarme y disfrutar, mi deseo cambia. No busco lujo para impresionar, sino belleza porque forma parte de mi erotismo. No necesito que un lugar sea caro para presumir una foto en redes sociales; necesito que el ambiente despierte mis sentidos.

Algunas personas se excitan con la adrenalina, el riesgo o la novedad. Yo descubro que una parte importante de mi deseo nace de la estética, y entender eso ha sido liberador. Durante mucho tiempo pensé que era superficial por rechazar ciertos lugares, pero hoy entiendo que simplemente conozco cómo funciona mi deseo.

Conocerte también es poner estándares. En el estilo de vida existe la idea de “no juzgues un libro por su portada”, y estoy de acuerdo. Pero tampoco tenemos por qué ignorar aquello que sabemos que alimenta nuestro bienestar. Cada persona tiene derecho a construir las experiencias sexuales que realmente disfruta. Para algunas será una fiesta improvisada, para otras una habitación de hotel con vista al mar, y para otras una conversación de tres horas antes del primer beso. No existe una única forma correcta de vivir la sexualidad.

La pregunta importante no es si tus estándares son altos o bajos, sino si tus decisiones reflejan lo que realmente te hace disfrutar o solo lo que los demás esperan que disfrutes. Porque cuando entiendes qué alimenta tu deseo, dejas de aceptar experiencias que nunca fueron para ti.

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La honestidad no consiste solo en no mentir. También consiste en soportar la incomodidad de decir la verdad.