Relación abierta… pero solo cuando conviene

Para mí, estar en una dinámica abierta y poli tiene algo muy cómodo: no tengo que esconderme, no tengo que vigilar lo que hago ni medir cada movimiento. Vivo tranquila.

Pero el otro día entendí que esa tranquilidad no siempre es compartida.

A él le gusta una chica que trabaja en un café cerca de su casa. Yo lo sé, él lo sabe… pero ella probablemente no tiene ni idea de que yo existo.
De hecho, cuando estoy con él evitamos ir a ese café. Según él, “porque ella es un poco celosa”. Yo lo dejo pasar. No es mi historia, no es mi problema… o eso pensé.

Un día íbamos caminando por la calle, como siempre: agarrados de la mano, riéndonos, besándonos sin filtro. Nada fuera de lo normal para nosotros.

Y de repente, ahí estaba ella.
Caminando directo hacia nosotros.

Él la vio primero. Levantó la mano, sonrió, como si nada.
Ella lo miró fijo. Esa sonrisa… no era amable, era de esas que pican. Luego me miró a mí. No dijo nada. Siguió caminando.

El momento duró segundos, pero fue suficiente.

Le pregunté: “¿Qué pasó?”
Y él, medio incómodo, medio resignado, me dijo:
“Creo que ya no podré tomarme un café en la esquina como antes.”

Y ahí está todo.

Ella es hermosa, sí.
Pero él nunca tuvo la valentía —o las ganas— de decirle en qué tipo de dinámica está realmente.

Yo estoy en paz.

Ella claramente no.

Y él… bueno, ahora tiene que cambiar de café.

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