Puedo sentir atracción por alguien desde el primer encuentro. Puedo coquetear, imaginar, tener ganas. Pero para querer compartir mi intimidad sexual necesito algo más: ver compromiso en la forma en que esa persona se relaciona conmigo.
Y eso puede aparecer tan pronto o tan despacio como suceda. No tengo un número de citas establecido ni una cuenta regresiva. Mi ritmo depende de lo que vamos construyendo, no de cuántos días han pasado.
Cuando hablo de compromiso, tampoco estoy hablando necesariamente de exclusividad, matrimonio o planes de vivir juntos. En mis relaciones no monógamas, el compromiso puede tomar muchas formas: cumplir lo que acordamos, tomar la iniciativa para vernos, hacerme un espacio real en la vida, hablar con claridad y mostrar interés por mi bienestar.
También lo veo en la generosidad y en el cuidado práctico. En alguien que escucha que estoy pasando por una dificultad y tiene iniciativa para aliviarme una carga, dentro de sus posibilidades. En quien disfruta consintiéndome y sabe acompañar con hechos lo que dice sentir.
Para mí, eso tiene mucho peso. Me ayuda a confiar, a sentirme cuidada y a abrirme sexualmente.
Pero hay una distinción que necesito tener clara: un gesto generoso puede emocionarme; el compromiso se reconoce en la coherencia. Una cena, un regalo o una promesa enorme no me dicen por sí solos qué lugar tengo en la vida de alguien. También necesito observar cómo responde cuando pongo un límite, cuando algo se complica o cuando el encuentro no termina en sexo.
Y ningún cuidado crea una deuda sexual. Puedo apreciar lo que alguien hace por mí y aun así no estar lista, no tener ganas o cambiar de opinión. Mi deseo necesita libertad, incluso cuando hay cariño y compromiso.
A veces esa confianza empieza a construirse pronto. Otras veces pasan semanas o meses y no llega. El tiempo, por sí solo, no convierte una conexión en algo que me hace bien. Tampoco quiero confundir la intensidad del principio con una seguridad que todavía estamos construyendo.
Por eso puedo avanzar con una persona más rápido que con otra sin estar contradiciéndome. No estoy aplicando una tarifa de espera. Estoy respondiendo a cómo me siento dentro de cada vínculo.
Ser una mujer sexualmente abierta y no monógama no significa que siempre esté disponible ni que quiera saltarme este proceso. Puedo disfrutar muchísimo del sexo y necesitar compromiso antes de compartirlo. Esa es mi manera de vivir la intimidad; no una medida del valor de quienes la viven de otra forma.
No tengo una fecha para entregarme sexualmente. Tengo condiciones emocionales que necesito reconocer en mí y hechos que necesito ver en la relación.
Cuando coinciden el deseo, la libertad y el cuidado que necesito, puedo elegir dar ese paso. Tan pronto o tan lento como suceda.
Y sí, a veces he tenido sexo en la primera cita. ¿Qué pasó para que me sintiera así de dispuesta? No voy a revelar cuál fue el secreto. 😉 Lo que sí puedo decir es que eso no contradice lo que estoy contando: mi ritmo depende de lo que sucede entre nosotros, no del número de la cita. Y una experiencia anterior tampoco establece el ritmo de la siguiente.

