Pedir pruebas de que su pareja sabe que está saliendo conmigo
En la no monogamia ética, una pregunta incómoda surge con frecuencia: ¿Debo confiar en la palabra de alguien sobre el conocimiento de su pareja o tengo derecho a solicitar pruebas?
La mayoría de las personas se inclinan hacia uno de dos extremos. Algunos argumentan que la falta de confianza es una razón para no involucrarse con esa persona, mientras que otros asumen infidelidad si no se proporcionan pruebas. Sin embargo, ambos enfoques son erróneos.
La confianza no es ingenuidad. No implica creer ciegamente todo lo que alguien dice ni actuar como un detective privado. En cambio, se construye observando la coherencia entre las palabras, acciones y el tiempo de una persona. Cuando alguien afirma practicar la no monogamia ética, espero que pueda hablar de su relación con naturalidad. No necesito conocer los detalles íntimos de su relación, pero sí necesito sentirme segura de que no estoy siendo utilizada sin saberlo en una infidelidad.
En cuanto a la evidencia, no existe una prueba infalible. Las capturas de pantalla pueden falsificarse, los mensajes pueden prepararse e incluso las videollamadas pueden organizarse para engañar. Por lo tanto, buscar una certeza absoluta es una batalla perdida. En cambio, debemos aspirar a una certeza razonable, que puede variar según la relación. Esto podría implicar que la persona hable de su pareja con naturalidad y sin contradicciones, que conozca claramente los acuerdos que tienen y que esté dispuesta a responder preguntas sin ponerse a la defensiva. En algún momento, puede haber una presentación o interacción natural, y si todos se sienten cómodos, un breve mensaje o llamada de validación podría ser apropiado.
Es importante reconocer que no todas las parejas estarán dispuestas a proporcionar este tipo de evidencia, y eso está bien. Del mismo modo, está bien que decidas no involucrarte si no te sientes tranquila. El verdadero problema no son las pruebas, sino la falta de confianza.
Hay personas cuya palabra transmite tranquilidad, mientras que otras, por su historial de mentiras, omisiones o contradicciones, hacen que incluso diez pruebas parezcan insuficientes. En estos casos, el problema no es la falta de evidencia, sino la pérdida de credibilidad.
También tienes responsabilidad. A menudo escucho a la gente decir: “Si él engañó a su pareja, ese no es mi problema”. Yo no estoy de acuerdo. No puedo controlar las decisiones de otras personas, pero sí puedo decidir en qué situaciones participo. Si descubro que alguien me utilizó para engañar a otra persona, también me afecta. No solo porque rompieron mi confianza, sino también porque, sin quererlo, participé en algo que va en contra de mis propios valores.
Mi regla personal es que no necesito conocer a todas las parejas de las personas con las que salgo, ni revisar sus teléfonos ni pedir sus contraseñas. Sin embargo, sí necesito sentirme razonablemente segura de que existe consentimiento informado. Si esa tranquilidad no llega, simplemente no tengo relaciones sexuales con esa persona. No es un castigo ni control; es autocuidado. Para mí, el consentimiento no termina entre dos personas. Cuando existe una relación previamente acordada, la ética también incluye respetar los acuerdos que los demás hicieron entre ellos. Aunque nunca podremos eliminar completamente el riesgo de ser engañados, sí podemos elegir cuánto riesgo estamos dispuestos a aceptar antes de involucrarnos.