Muchas veces confundimos igualdad con equidad en nuestros acuerdos.
Existe una idea muy extendida en las relaciones:
“Si una regla aplica para mí, debe aplicar exactamente igual para ti.”
A primera vista parece justicia.
Pero no siempre lo es.
Igualdad y equidad no son lo mismo
La igualdad consiste en aplicar exactamente la misma regla a ambos.
La equidad consiste en crear acuerdos que respondan a las necesidades de cada persona.
Y esas dos cosas no siempre coinciden.
¿Y si necesitamos cosas diferentes?
Imagina una pareja donde una persona quiere conocer cuándo aparece una nueva pareja o un vínculo importante.
La otra, en cambio, prefiere no saber nada sobre las demás relaciones.
¿La solución más justa es que ninguno pueda hablar del tema?
No necesariamente.
¿Por qué una persona tendría que renunciar a una necesidad simplemente porque la otra no la comparte?
Las necesidades no son competencia
Algunas personas procesan mejor la incertidumbre cuando tienen información.
Otras sienten mayor tranquilidad manteniendo cierta distancia de esos temas.
Ninguna postura es superior.
Solo son diferentes.
El problema aparece cuando alguien dice:
“Como yo no necesito eso, tú tampoco deberías necesitarlo.”
Eso ya no es buscar acuerdos.
Es intentar definir cómo la otra persona debería sentir y a la final puede crear resentimientos y últimamente una brecha en la relación.
Las relaciones no son un espejo
No creo que la justicia consista en hacer exactamente lo mismo.
Creo que consiste en que ambas personas sientan que sus necesidades fueron escuchadas y tomadas en serio.
Habrá parejas donde las reglas sean prácticamente idénticas.
Y habrá otras donde no lo sean.
Mientras exista consentimiento, respeto y honestidad, ninguna opción es automáticamente más ética que la otra.
Mi conclusión
La verdadera reciprocidad no consiste en copiar las necesidades del otro.
Consiste en respetarlas, aunque sean diferentes.
Porque una relación sana no busca que dos personas sientan igual.
Busca construir acuerdos donde ambas puedan ser auténticas sin obligarse a convertirse en un reflejo de la otra.