El día que dejé de explicar el poliamor hablando de sexo
Cuando le cuento a alguien que soy poliamorosa, muchas veces la conversación toma el mismo rumbo: el sexo.
Es curioso cómo para muchas personas el poliamor se reduce automáticamente a tener múltiples parejas sexuales. Entonces hago una pausa y les propongo un ejercicio.
Les pregunto:
Imagina una pareja que se ama profundamente. Han construido una vida juntos, se acompañan, se cuidan y se eligen todos los días. Un día, por razones médicas, uno de ellos ya no puede volver a tener relaciones sexuales.
¿En ese momento deja de ser digno de amor?
¿La otra persona ya no puede seguir amándolo?
¿Todo lo que construyeron desaparece simplemente porque el sexo dejó de ser posible?
La mayoría responde que no.
Entonces les digo que acabamos de separar dos conceptos que muchas veces confundimos: el amor y el sexo.
El sexo puede ser una parte muy importante de una relación. Para muchas personas incluso puede ser indispensable. Pero importante no significa que sea lo único que sostiene un vínculo.
También existen la compañía, la admiración, el proyecto de vida, la ternura, la confianza, la complicidad, el cuidado mutuo, las conversaciones interminables, las metas compartidas y el simple placer de caminar junto a alguien.
Cuando explico el poliamor, prefiero empezar desde ahí.
Porque el poliamor no consiste únicamente en que varias personas tengan sexo entre sí. Consiste en reconocer que el amor, el afecto y los vínculos humanos pueden adoptar formas diferentes y que una sola relación no siempre satisface todas las necesidades de todas las personas.
De hecho, hay personas poliamorosas con muy poca actividad sexual. Hay personas asexuales que son poliamorosas. Hay quienes mantienen varias relaciones profundamente románticas sin que el sexo ocupe un lugar central.
Reducir el poliamor al sexo es tan limitado como reducir un matrimonio al sexo.
Ninguna relación sana sobrevive durante décadas únicamente por la pasión. Con el tiempo, los cuerpos cambian, la salud cambia, las prioridades cambian. Lo que permanece es la capacidad de seguir construyendo un vínculo cuando las circunstancias también cambian.
Quizás la pregunta nunca debería ser cuántas personas comparten una cama.
La pregunta es cuántas personas son capaces de construir relaciones basadas en la honestidad, el consentimiento, el respeto y el amor, incluso cuando el sexo deja de ser el protagonista.
Porque el sexo puede enriquecer una relación.
Pero el amor no depende exclusivamente de él.