Ser poli habla de cómo amo, jamás de quién tiene oportunidades

Es sorprendente como decir que soy una persona no monógama, puede incomodarme, no porque me avergüence de serlo, sino porque algunos hombres escuchan la palabra “poli” y automáticamente la traducen como “disponible”.

Y no son lo mismo.

Ser no monógama no significa que diga sí a cualquiera.

Ni que tenga sexo rápido y si lo tengo no pasa nada, no tiene nada que ver con el poliamor

No significa que no tenga estándares.

Ni que no pueda rechazarte, al contrario, es muy probable que te rechace si veo que no tienes la madurez suficiente para entender mi identidad.

Ser no monógama no significa que tengas acceso automático a mi cuerpo, a mi tiempo o a mi intimidad.

De hecho, muchas personas no monógamas ponemos más filtros que muchas personas monógamas.

Porque si vas a abrir tu vida a varias personas, elegir bien importa todavía más, indirectamente consideramos a nuestras otras parejas.

Lo curioso es que algunos hombres parecen aceptar con entusiasmo la idea de que una mujer tenga varias parejas… hasta que descubren que ellos también tienen que pasar por el mismo proceso de selección que cualquier otra persona.

Y ahí aparecen frases como:

”¿Entonces para qué eres poli?”

“Pensé que eras más abierta.”

“Creí que esas reglas no aplicaban.”

Sí aplican.

Porque la no monogamia habla de la estructura de una relación, no de la ausencia de límites.

Mi consentimiento sigue siendo individual.

Mis preferencias siguen existiendo.

Mi atracción no se negocia.

Y mis estándares no desaparecen porque mi forma de amar sea diferente.

Ser poli no elimina el derecho a decir “no”.

Al contrario.

Una no monogamia sana solo puede existir cuando todas las personas entienden que el consentimiento, la autonomía y los límites siguen siendo igual de importantes que en cualquier otra relación.

Mi orientación relacional no es una invitación.

Es simplemente una parte de quién soy.

Anterior
Anterior

El día que dejé de explicar el poliamor hablando de sexo

Siguiente
Siguiente

El costo de no decidir