Hay personas que, cuando algo les incomoda, prefieren guardar silencio. No expresan lo que sienten, no preguntan lo que necesitan saber y, en ocasiones, simplemente se distancian sin dar ninguna explicación.
Quizás creen que así evitan una discusión, que están siendo prudentes o que el tiempo se encargará de resolver las cosas. Pero ¿qué sucede cuando ese silencio deja a la otra persona intentando interpretar lo que está pasando?
El problema del silencio es que deja demasiado espacio para las suposiciones.
Cuando no tenemos información, nuestra mente intenta llenar esos vacíos. Comenzamos a preguntarnos si dijimos algo inapropiado, si la otra persona perdió el interés, si está molesta o si simplemente ya no quiere continuar la relación.
Y muchas veces ninguna de esas interpretaciones se acerca a la realidad.
Lo que pudo haberse aclarado con una conversación de cinco minutos termina convirtiéndose en días de incertidumbre, frustración y distancia emocional.
No todo silencio significa lo mismo
También es importante reconocer que no todos los silencios son negativos.
Hay momentos en los que necesitamos espacio para procesar nuestras emociones, organizar nuestros pensamientos o evitar responder impulsivamente. Y eso es perfectamente válido.
Pero hay una diferencia enorme entre decir:
“Necesito un poco de tiempo para pensar en esto. Después podemos hablar”
Y simplemente desaparecer emocionalmente, dejando a la otra persona sin saber qué está sucediendo.
En el primer caso hay comunicación, consideración y responsabilidad afectiva. En el segundo, hay incertidumbre.
Pedir espacio es diferente a imponer silencio.
Evitar una conversación incómoda no significa evitar el conflicto
A veces confundimos la ausencia de discusiones con la existencia de una relación saludable.
Pero una relación donde nadie expresa sus incomodidades no necesariamente es una relación en paz. Puede ser simplemente una relación donde los problemas se van acumulando.
Lo que no se habla no siempre desaparece. A veces se transforma en resentimiento, inseguridad, desconfianza o distancia.
Y cuando finalmente surge la conversación, ya no estamos hablando solamente de lo que ocurrió inicialmente, sino de todas las emociones y suposiciones que se acumularon durante el silencio.
Es así como un pequeño malentendido puede terminar convirtiéndose en un problema mucho mayor de lo que realmente era.
La comunicación cobra todavía más importancia
En las relaciones no monógamas éticas, donde pueden existir diferentes vínculos, acuerdos, expectativas y niveles de compromiso, los silencios pueden generar confusiones adicionales.
No podemos esperar que nuestras parejas adivinen lo que sentimos, interpreten correctamente nuestras ausencias o comprendan nuestras necesidades sin haberlas expresado.
Tampoco podemos asumir que, porque alguien practica la no monogamia, necesariamente tiene desarrolladas sus habilidades de comunicación emocional.
La no monogamia no nos hace automáticamente mejores comunicadores.
De hecho, puede exponernos a situaciones donde necesitamos aprender a hablar de asuntos que antes preferíamos evitar: incomodidades, celos, cambios en nuestros sentimientos, disponibilidad emocional, límites y expectativas.
Y eso requiere disposición para tener conversaciones que no siempre serán cómodas.
La responsabilidad afectiva no consiste en evitar que la otra persona experimente emociones desagradables, sino en relacionarnos con honestidad y consideración, incluso cuando lo que necesitamos comunicar resulta difícil.
También debemos aprender a escuchar
Por supuesto, la comunicación es una responsabilidad compartida.
No podemos exigir que alguien se exprese con honestidad si cada vez que lo hace recibe críticas, reproches, interrupciones o reacciones desproporcionadas.
Para que exista una comunicación saludable, ambas personas necesitan sentirse suficientemente seguras para expresar lo que piensan, incluso cuando no están de acuerdo.
Y también debemos aceptar que hablar no garantiza que siempre obtengamos la respuesta que deseamos.
A veces una conversación nos lleva a descubrir incompatibilidades, diferencias importantes o verdades que preferiríamos no escuchar.
Pero conocer esas verdades nos permite tomar decisiones conscientes, en lugar de construir historias sobre lo que imaginamos que está sucediendo.
El silencio no debería convertirse en una forma de relacionarnos
No se trata de tener que explicar cada pensamiento, justificar cada emoción o estar disponibles para conversar a cualquier hora.
Todos tenemos derecho a nuestra privacidad, a nuestros espacios y a decidir cuándo estamos preparados para hablar.
Pero cuando existe un vínculo afectivo, también importa reconocer el impacto que nuestra manera de comunicarnos puede tener en los demás.
Una conversación incómoda puede durar unos minutos. Un malentendido alimentado por el silencio puede durar semanas, meses o incluso terminar una relación.
Y lo más lamentable es que, en ocasiones, descubrimos demasiado tarde que el problema nunca fue tan grande como imaginábamos.
Porque muchas veces no es lo que ocurrió lo que termina dañando una relación, sino todo lo que cada persona imaginó mientras nadie se atrevía a hablar.

