La fidelidad no se cuenta
Últimamente veo cada vez más conversaciones en redes alrededor del famoso “body count”: cuántas personas has tenido sexualmente y, sobre todo, qué supuestamente dice ese número sobre ti.
Y no puedo evitar pensar que estamos encontrando maneras nuevas de disfrazar ideas bastante viejas.
Porque aunque el término parezca moderno, detrás muchas veces sigue estando la misma obsesión de siempre: medir el valor de una persona —especialmente de una mujer— según lo que ha hecho con su cuerpo.
Como si haber tenido muchas parejas sexuales te hiciera menos seria, menos respetable, menos capaz de comprometerte o más propensa a ser infiel.
Y ahí es donde para mí el razonamiento se cae por completo.
La cantidad de personas con las que has tenido sexo no mide tu capacidad de respetar un acuerdo.
Puedes haber tenido dos parejas sexuales en toda tu vida y haber engañado a ambas.
Puedes haber tenido cincuenta y jamás haberle mentido a ninguna.
Porque fidelidad, honestidad y respeto son comportamientos. No estadísticas.
Incluso creo que confundimos demasiado fácilmente exclusividad sexual con fidelidad.
Una persona monógama puede ser infiel teniendo sexo con una sola persona fuera de su relación porque rompió el acuerdo que tenía.
Una persona poliamorosa puede tener cuatro parejas sexuales y ser completamente fiel porque está respetando exactamente los acuerdos establecidos con cada una.
Entonces, ¿qué estamos midiendo realmente cuando preguntamos por el “body count”?
Porque si lo que quiero saber es si alguien será una buena pareja, probablemente me interesa mucho más saber:
¿Miente cuando algo le incomoda?
¿Cumple lo que promete?
¿Puede hablar de sexo con responsabilidad?
¿Respeta límites?
¿Se hace pruebas de ITS?
¿Comunica cuando sus deseos cambian?
¿Asume las consecuencias de sus decisiones?
¿Es capaz de sostener acuerdos incluso cuando nadie está mirando?
Eso me dice muchísimo más sobre la calidad relacional de una persona que saber si se acostó con cinco, quince o cincuenta personas.
Ahora, tampoco creo que debamos irnos al otro extremo y decir que el pasado sexual de alguien jamás puede importar.
Claro que puede importar.
Las experiencias anteriores pueden decirnos cosas sobre lo que una persona disfruta, cómo entiende el sexo, qué tipo de vínculos busca o si nuestras formas de vivir la sexualidad son compatibles.
Cada quien tiene derecho a elegir pareja según sus propios valores.
Lo que cambia completamente la conversación es qué hacemos con esa información.
Una cosa es pensar:
“Tenemos formas demasiado diferentes de entender el sexo y probablemente somos incompatibles.”
Y otra muy distinta:
“Has tenido demasiadas parejas, por lo tanto vales menos, eres incapaz de comprometerte o eres una persona promiscua que eventualmente me va a engañar.”
Eso ya no es compatibilidad.
Eso es convertir una preferencia personal en un juicio moral.
Y resulta particularmente curioso cuando el estándar cambia dependiendo del género.
Todavía existe esa vieja idea de que un hombre con muchas experiencias sexuales gana estatus, mientras una mujer con exactamente las mismas experiencias pierde valor.
Cambió el vocabulario.
Ahora decimos “body count”.
Pero muchas veces el mensaje sigue siendo el mismo.
A mí personalmente me importa mucho más el comportamiento presente de alguien que su inventario sexual.
Quiero saber cómo ama.
Cómo comunica.
Cómo cuida.
Cómo negocia límites.
Cómo repara cuando se equivoca.
Cómo maneja el deseo cuando aparece alguien más.
Y, sobre todo, qué hace cuando tiene la oportunidad de romper un acuerdo y sabe que probablemente nadie se enteraría.
Ahí veo la fidelidad.
Porque una persona no se vuelve fiel por haber tenido poco sexo.
Se vuelve confiable por la manera en que decide relacionarse con los demás.
Nuestro cuerpo guarda experiencias, no un marcador de puntos.
Y nuestro valor tampoco disminuye cada vez que decidimos compartirlo con alguien.