La diferencia entre deseo, insinuación, consentimiento y acuerdo.

Hay conversaciones que para una persona pueden sentirse completamente normales y para la otra convertirse en un punto de tensión, ansiedad o incomodidad.

Y precisamente por eso hay que tenerlas.

Estos días estoy visitando a dos hombres que han sido importantes en mi vida. Uno representa mi presente y el otro pertenece a mi pasado. Ambos saben de la existencia del otro, por supuesto, además viven bajo el mismo techo.

Con el hombre de mi pasado existía un acuerdo muy claro: mientras estuviera casado, yo no me involucraría con él ni sexual ni emocionalmente. Había atracción, había historia y, siendo sincera, también hubo momentos en los que mantener ese límite requirió bastante fuerza de voluntad de parte de ambos.

Pero lo respetamos.

Ahora las circunstancias cambiaron. Está separado y se encuentra solo.

Y ahí apareció una de esas zonas grises tan interesantes de la no monogamia.

Mi pareja actual comenzó a hacer algunos comentarios e insinuaciones sobre la posibilidad de que algo pudiera ocurrir entre él y yo ahora que su situación matrimonial había cambiado.

Y yo me encontré preguntándome:

¿Eso es una luz verde?

¿Es curiosidad?

¿Está tratando de saber qué quiero yo?

¿O simplemente está intentando abrir una conversación que quizás le resulta incómoda abordar directamente?

Porque aquí está el problema con las insinuaciones: cada persona puede interpretarlas de una manera completamente diferente.

Y cuando hay sexo, sentimientos y acuerdos involucrados, interpretar puede salir bastante caro.

Yo sí puedo reconocer algo con absoluta honestidad: sexualmente me encantaría estar con ese hombre una vez más.

Reconocer el deseo es fácil.

Lo complicado empieza después.

Porque querer algo no significa automáticamente que hacerlo sea una buena decisión.

Primero tendría que saber qué significa exactamente su separación. Estar viviendo separados, estar atravesando una crisis matrimonial y tener libertad para relacionarse sexualmente con otras personas son cosas diferentes.

Después está mi relación actual.

Si mi pareja hace comentarios sobre la posibilidad, yo podría decidir interpretarlos como permiso. Pero también podría estar equivocándome.

Y aquí es donde aparece una de las lecciones más importantes que he aprendido sobre la no monogamia:

una insinuación no es un acuerdo.

“Haz lo que quieras.”

“A mí no me importa.”

“Bueno, ahora está solo…”

“Seguro ustedes terminan haciendo algo.”

Todas esas frases pueden sonar como una autorización.

Pero también pueden esconder miedo, curiosidad, celos, resignación o simplemente un intento torpe de iniciar una conversación.

Por eso prefiero preguntar.

“Cuando mencionas que ahora él está separado, ¿me estás diciendo que para ti estaría bien que pasara algo entre nosotros o estás intentando hablar conmigo sobre cómo te sentirías si sucediera?”

Quizás la conversación sea incómoda.

Quizás la respuesta también lo sea.

Pero para mí esa incomodidad es mucho más manejable que descubrir después que dos personas entendieron cosas completamente diferentes.

La no monogamia requiere mucha libertad, pero también mucha precisión.

Incluso en relaciones donde existe un acuerdo de don’t ask, don’t tell, donde alguien prefiere no conocer detalles de otros encuentros, todavía tienen que existir acuerdos claros.

Porque una cosa es:

“Prefiero no saber con quién estuviste.”

Y otra completamente distinta es:

“Adivina qué cosas me afectarían.”

Los límites no deberían convertirse en acertijos.

Y también hay otra conversación que muchas veces olvidamos tener: la conversación con nosotros mismos.

Si estoy considerando acostarme con alguien que formó parte importante de mi pasado, tengo que preguntarme algo más que si tengo permiso.

¿Realmente quiero simplemente una experiencia sexual?

¿Estoy preparada para lo que podría despertar?

¿Podría volver a involucrarme emocionalmente?

¿Cambiaría algo entre nosotros después?

¿Estoy idealizando la idea de “una última vez” porque suena perfectamente contenida?

Quizás efectivamente sea solo sexo.

Quizás sea una despedida bonita.

Quizás despierte algo que estaba dormido.

No puedo conocer el resultado de antemano.

Pero sí puedo entrar a la situación con los ojos abiertos.

Para mí, eso también es responsabilidad afectiva.

La libertad relacional no consiste únicamente en tener permiso para hacer cosas.

También implica crear suficiente seguridad para poder hablar de lo que queremos hacer antes de hacerlo.

A veces las conversaciones más incómodas son precisamente las que protegen mejor nuestra libertad.

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