Más personas, más variables. No es una opinión, es probabilidad.

Una crítica frecuente hacia las relaciones no monógamas es que “tienen más probabilidades de terminar”.

Y, desde un punto de vista estadístico, no es una idea descabellada.

Cuando aumentas el número de personas involucradas, aumentan también las variables: distintos proyectos de vida, cambios de prioridades, mudanzas, nuevas relaciones, problemas de salud, diferencias de comunicación, límites y necesidades.

No significa que esas relaciones estén destinadas al fracaso.

Significa que gestionar varias relaciones es más complejo que gestionar una sola.

Es el mismo principio por el que coordinar una empresa de diez personas es más sencillo que coordinar una de cien.

Más elementos en un sistema implican más posibilidades de que algo cambie.

Pero complejidad no es sinónimo de imposibilidad.

Las relaciones monógamas tampoco fracasan por falta de amor. Muchas terminan por problemas de comunicación, expectativas incompatibles o crecimiento en direcciones distintas.

La diferencia es que en una relación no monógama hay más personas influyendo en la ecuación.

No debería sorprendernos que también existan más posibilidades de cambio.

La verdadera pregunta no es si hay más riesgo.

La verdadera pregunta es si las personas involucradas tienen las herramientas para navegar esa complejidad.

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