Porque la Vida Es Corta y los Sentimientos Son Complicados

¿Alguna vez has estado en una relación y, de repente, pum, aparece alguien más que te mueve el piso? Te hace dudar, cuestionarte, sentir cosas que “no deberías” sentir porque ya estás con alguien.

Respira. No estás roto(a). Eres humano. No un robot programado para amar a una sola persona hasta que la muerte —o el hastío— los separe.

El problema no es que aparezca alguien más. El problema es el silencio interno que se activa de inmediato: culpa, negación, autoengaño. Nos enseñaron que desear fuera de la pareja es una amenaza, una falla moral, una traición anticipada. Entonces hacemos lo que mejor sabemos hacer: reprimir, justificar, mentirnos… o mentir.

El poliamor no niega esta realidad incómoda. No pretende que no sientas atracción, conexión o curiosidad por otras personas. Al contrario: la pone sobre la mesa sin maquillaje. Reconoce que el deseo no desaparece porque firmaste un contrato emocional implícito llamado “exclusividad”. Simplemente aprende a gestionarlo con ética, comunicación y responsabilidad.

Y ojo, esto no va de acumular personas como si fueran trofeos ni de evitar compromisos. Va de honestidad. Contigo primero. Porque cuando niegas lo que sientes, no estás protegiendo a nadie: estás sembrando resentimiento, frustración y dobles vidas emocionales.

Muchas infidelidades no nacen del deseo, sino del miedo a decir la verdad. Del miedo a perder. Del miedo a no encajar en el molde de “la buena pareja”. El poliamor —bien entendido— no promete relaciones sin conflictos; promete relaciones donde el conflicto no se esconde debajo de la alfombra.

Sentir algo por otra persona no invalida lo que ya existe. Lo que lo invalida es la falta de coherencia entre lo que sientes, lo que dices y lo que haces.

No, el poliamor no es para todo el mundo. Pero tampoco lo es la negación constante de lo que somos. La pregunta real no es si puedes amar a más de una persona, sino si te atreves a mirarte con suficiente honestidad como para no vivir en contradicción.

Porque el verdadero problema nunca fue sentir.

El problema siempre ha sido no saber —o no querer— hablar de ello.

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