No es mi pareja. No es casual. Es mi ToyBoy… y eso también puede durar toda una vida.

Tengo un Toy Boy… y no, no me refiero a un hombre “de paso”, a un cuerpo bonito, ni a una distracción bien acomodada entre mis otras relaciones.

De hecho, si algo me ha enseñado la no monogamia, es que algunos de los vínculos más honestos llegan precisamente cuando nadie está intentando convertirlos en algo que no son.

Él es quince años menor que yo.

Y no… eso nunca ha sido el problema.
Si acaso, ha sido parte del encanto.

Es atleta. Disciplina real, no la de subir una foto al gimnasio y desaparecer tres semanas.
Es emprendedor. Tiene metas, visión, hambre, proyectos propios.
Y para mí eso siempre será más sexy que cualquier abdomen marcado.

Porque los músculos llaman la atención…
Pero el carácter es lo que me mantiene mirando.

Nuestras conversaciones por texto son simples. Cortas. Amables. Logísticas.
No estamos pegados al teléfono.
No necesitamos “check-ins” emocionales cada tres horas.
No jugamos a provocar celos.
No hacemos interrogatorios disfrazados de interés.

A veces pueden pasar semanas sin vernos.

Y ahí es donde me sigue sorprendiendo.

Porque cuando nos reencontramos, recuerda cosas que le dije casi al pasar… una historia sobre mis hijos, algún detalle de mi arte, una conversación sobre negocios, una inseguridad, una meta, una idea loca que mencioné mientras cocinábamos o riéndonos en la cama.

Y yo me fijo mucho en eso.

Porque escuchar es fácil.
Recordar… ya habla de presencia.

Él conoce mis otros vínculos.
Sabe perfectamente cómo vivo.
Ha conocido algunos de ellos.
Conoce mis estándares, mis límites, mi energía, mi bisexualidad… y no solo no se intimida… la disfruta.

Y quizás una de las cosas que más valoro…

es que nunca me pide nada.

No exige.
No manipula.
No insinúa.
No castiga con silencio.
No crea drama para sentirse importante.
No compite con otros hombres.
No intenta ganarse un título que nadie le ofreció.

Simplemente llega… y está.

Relajado. Masculino. Curioso. Presente.

Y honestamente… eso se ha vuelto extrañamente raro.

Muchos asumen que un vínculo así tiene fecha de vencimiento.

Yo no lo veo tan claro.

¿Por qué no podría durar toda una vida?

No porque algún día se convierta en “algo más”.
No porque tengamos que vivir juntos.
No porque debamos fusionar cuentas, rutinas o planes.

Sino precisamente porque ninguno está intentando poseer al otro.

Claro… también sé que las personas evolucionan.

Yo evoluciono.
Él evoluciona.
Mis necesidades cambian.
Las suyas también.

Y las relaciones, si están vivas, cambian con nosotros.

Y eso no me asusta.

Porque si algún día cambia… cambiará.

Y si no cambia… quizás nos encontremos dentro de veinte años, con más arrugas, más historias, más cicatrices… y la misma facilidad.

Y tal vez eso sea lo mejor de todo.

Que cuando un vínculo nace sin control, sin expectativas irreales y sin manipulación…

lo más probable…es que tampoco tenga demasiados ratos amargos.

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