¿Y si no quiero llamarlo poliamor?
Hace poco, una mujer me compartió su experiencia en una relación no monógama ética. Sin embargo, aclaró rápidamente que no se identificaba con el término “poliamor”. Esta distinción me llamó la atención.
Al indagar más, me explicó que su relación era actualmente a distancia. Si bien existe la posibilidad de que vivan en la misma ciudad, incluso juntas, en el futuro, aún es demasiado pronto para determinarlo.
En respuesta, le compartí una reflexión que considero fundamental: no es necesario encasillar una relación. Vivimos en una sociedad que busca constantemente etiquetar todo, desde nuestras identidades hasta nuestras formas de relacionarnos. Si bien las etiquetas pueden ser útiles para encontrar comunidad o comunicar rápidamente nuestra forma de relacionarnos, también pueden convertirse en una limitación.
Cada relación es un sistema único, con sus propias dinámicas y acuerdos. Dos personas pueden identificarse como poliamorosas y tener acuerdos completamente distintos. Lo mismo ocurre con las parejas abiertas, que pueden funcionar de maneras opuestas. Incluso dos personas que rechazan las etiquetas pueden construir una relación sana y satisfactoria.
La verdadera esencia de una relación no reside en el nombre que recibe, sino en los acuerdos que la sostienen. Estos acuerdos no se materializan por arte de magia; requieren comunicación abierta, negociación, revisión y adaptación constante a medida que la vida cambia. Una relación que funciona a distancia probablemente necesitará acuerdos diferentes cuando ambas personas vivan en la misma ciudad. Estos acuerdos volverán a cambiar si deciden convivir, tener hijos, compartir finanzas o si alguna de las dos personas experimenta un cambio en sus necesidades.
Por lo tanto, considero que uno de los mayores enemigos de cualquier relación, monógama o no monógama, son las suposiciones. Asumir que la otra persona piensa igual, que entiende el concepto de “compromiso” de la misma manera, que imagina el mismo futuro o que un acuerdo sigue vigente simplemente porque no se ha vuelto a discutir, son errores comunes que pueden generar conflictos y malentendidos.
Las relaciones no fracasan únicamente por falta de amor. A menudo, fracasan porque dos personas creen estar escribiendo la misma historia cuando, en realidad, están viviendo historias distintas.
Una lección que he aprendido de la no monogamia es que las conversaciones incómodas son esenciales para cuidar una relación. Estas conversaciones deben abordar expectativas, celos, límites, convivencia, dinero, otras parejas y visiones del futuro. Y deben repetirse con frecuencia, ya que las personas cambian, las relaciones evolucionan y los acuerdos también deberían poder adaptarse.
No me preocupa cómo una pareja decide llamarse. Me preocupa mucho más que tengan la valentía de abordar aquello que da miedo decir en voz alta. Una buena relación no se sostiene por una etiqueta, sino por conversaciones honestas, acuerdos conscientes y la disposición de nunca dar nada por sentado.